Archivos de la categoría Viajes

Gin tonic

Sabino Díez, foto de El Comercio.

Sabino Díez es el barman estrella de los premios Princesa de Asturias. Dice que cuando conoce a una persona, sabe qué trago debe prepararle. En mi caso, prepararía un gin tonic especial, según indicó sin dudar ni un instante cuando le pregunté.

Estábamos en el enorme vestíbulo del Hotel de la Reconquista, la mañana de la ceremonia de entrega de los premios Princesa de Asturias 2015. El diario El Comercio le había dedicado a Sabino la contratapa y en cuanto se acercó aproveché para felicitarlo. Lo vi conmovido, y me contó una anécdota de un familiar (un hermano quizás, pero mi memoria me falla en este punto). Su, digamos, hermano, es odontólogo, pero además tiene afición por la pintura y suele realizar retratos. Pero es incapaz de pintar un rostro si antes no se toma un tiempo para conocer al retratado. “Me sucede lo mismo con las bebidas”, me dijo entonces Sabino, “me apasiona mi profesión, y lo que más me gusta es que cuando logro conocer a alguien, de inmediato sé qué bebida debo prepararle”. Sigue leyendo Gin tonic

Apuntes de viaje: la sangre de Cristo.

Los típicos regalos de un argentino para sus amigos de otros países son alfajores, dulce de leche y vinos. No es casual que estos tres rubros ocupen una importante superficie en el Free Shop de la sala de embarque del aeropuerto de Ezeiza. Si se fijan, en el Free Shop de la salida casi no existen estos rubros, y la delantera la toman los chocolates, los perfumes y el whisky.

Muchísimas veces he transportado una o dos botellas de vino para regalar. Antes del 9/11, lo habitual era que uno llevara esas botellas consigo en la cabina para evitar accidentes. Es sabido que los muchachos que realizan la estiba del equipaje, en su entusiasmo, muchas veces pueden manipular de manera un tanto brusca las valijas. A partir de las medidas de seguridad que trajo la caída de las torres esto ya no es posible -me refiero a llevar las botellas en la cabina, no a la forma en que se desempeñan los compañeros que se ocupan del equipaje. Probablemente los aviones viajen más seguros, pero el vino -y la ropa que comparte con él la críptica intimidad de la valija- ya no.

Una aclaración: las compras hechas en el aeropuerto pueden subir, por supuesto, a la cabina. El equipaje ya ha sido despachado y probablemente se encuentre en la bodega del avión para el momento en que uno decidió si malbec o cabernet, qué marca o qué precio va a llevar consigo. Pero en viajes a los Estados Unidos eso funciona así hasta el aeropuerto de llegada. Si uno tiene una conexión, debe retirar el equipaje despachado, guardar las botellas y despacharlo nuevamente hasta el destino final.

La cuestión es que mientras esperaba el tren interno del aeropuerto de San Francisco, al bajar la vista noté un charco rojo que crecía bajo mi valija. La botella en cuestión estaba dentro de dos gruesas bolsas de nylon del Free Shop, pero los líquidos suelen encontrar un camino de salida de su encierro. Por supuesto, abrí mi valija, retiré los restos de botella y bolsas, sólo para constatar que la mayor parte de tinto ya ensopaba la ropa que le hacía compañía.

Ningún pasajero del viaje en tren que siguió hasta el centro de la ciudad se animó a preguntar por el líquido rojo que goteaba de mi valija y que conforme las sucesivas aceleraciones y frenadas del tren iba expandiéndose en delgados arroyos paralelos a lo largo del vagón. La baja temperatura tanto del vino -que venía de la bodega de un avión a 10.000 metros de altura- como del ambiente, hizo que el olor alcohólico fuera apenas perceptible, dejando la duda -o la certeza, a juzgar por las expresiones y los murmullos de mis vecinos- acerca de la naturaleza de ese líquido: vino o sangre, que como enseñan la Escrituras suelen identificarse como la misma y única cosa.

Apuntes de viaje: American Airlines y su servicio sudaca

El servicio de a bordo de clase económica de cualquier vuelo de American Airlines entre Sudamérica y los Estados Unidos es deplorable. Compite en este rubro cabeza a cabeza con United Airlines, pero lo de AA parecería ser aún más decadente. El vuelo 996 Buenos Aires – Dallas es operado por viejos Boeing 777 que claramente han sido reciclados desde rutas de mayor prestigio porque aún conservan el equipamiento que hacia principios de los años ’90 era moderno: minúsculas pantallas individuales de baja definición y un curioso botón en cada apoyabrazos con el ícono de un teléfono de línea que dice “FAX”. El control de la pantalla está embutido en la parte superior de los apoyabrazos, con lo que si uno apoya los brazos, otorgando sentido pleno al nombre de dichos objetos, activa los botones del control y la pantalla hace cosas inesperadas… como encenderse, por ejemplo, mientras uno intenta pegar un ojo.

¿Fax?
¿Fax? ¿En serio?

La comida ocasionaría más de una revuelta carcelaria de ser servida a los presidiarios. El tradicional “chicken or pasta”, dependiendo de la opción del pasajero, se traduce en unos diez o doce macarrones pegoteados en una salsa reseca, o cinco o seis trocitos de pollo perdidos en un puñado de arroz fino y también reseco. El vino tinto viene en un garrafón de al menos litro y medio, invitando a no pedirlo. El desayuno consiste en un croissant reseco -uno comienza a distinguir un patrón en todo esto- acompañado por una pastilla de manteca y otra de queso untable para matizar la falta de humedad de la masa.

El avión conserva un atavismo bastante extraño de ver en estos días: una cabina para descanso de la tripulación, plantada en el medio de la clase económica, en un lugar donde aviones similares suelen tener baños. Por supuesto, nunca la vi utilizarse, pero reduce a sólo cuatro los baños disponibles para 194 pasajeros en un vuelo de 11 horas. Comienzo a pensar que quizás haya un motivo para disminuir las raciones de comida al mínimo.

De cuartos y de hoteles

Los diseñadores de cuartos de hoteles deberían dormir en sus propias creaciones. Quizás de esa manera se darían cuenta que resulta inconveniente poner el enchufe más cercano a la cabecera de la cama a unos tres metros de distancia de la misma.

Imposible, por ejemplo, recargar el celular (tarea propia de las horas de sueño) y utilizarlo al mismo tiempo de despertador.

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En Quito, Ecuador

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el Congreso de Software Libre y Democratización del Conocimiento organizado por la Universidad Politécnica Salesiana de Ecuador. Fue una magnífica oportunidad para conocer algunas personas que uno siempre lee por internet (en mi caso, la ocasión para encontrarme con Carolina Botero, inquieta y sagaz colombiana, referencia obligada en cuestiones de cultura libre para esta región del mundo), y aprender de muchas personas interesantes que llevaron a cuestas sus experiencias en sectores de educación, producción y divulgación.

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Ciudad de la furia

Tlalpan

Las callecitas de Tlalpan, en la zona sur de la ciudad de México, combinan antiguos empedrados, vivos colores, ventanas y rejas que sobreviven a líneas hispanas de un pasado remoto, altísimos muros que se prolongan con alambrados electrificados, sombríos portones de hierro y ominosos rollos de púas que sorprenden al caminante desprevenido.

Escribo sobre Tlalpan, cuyo hermoso zócalo, su antigua Iglesia y los frescos que engalanan el edificio de la Delegación casi que lo redimen, pero podría referirme a cualquier colonia suburbana de México DF o a otra metrópolis de esta región del mundo, tal parece ser la tendencia de las grandes ciudades latinoamericanas.
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La Puntilla: un Murillo cuyano

Capilla de la Virgen de la MercedUna pequeña parroquia de adobe pintada de amarillo se recorta contra la seca geografía de La Puntilla. Esa sola imagen justifica la pausa en el mediodía riojano, pero no la distingue de otras antiguas capillas de tantos pequeños pueblos agobiados por la sequía entre las Sierras de Velasco y las alturas del Famatina.

La Capilla de la Virgen de la Merced, sin embargo, guarda un secreto en el pequeño recinto: una pintura de Santa Lucía atribuída al pintor español Murillo.

Capilla de la Virgen de la Merced

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Tres breves de Taipei

Uno: La primer sensación al caminar por las calles de Taipei es la de ser un analfabeto. No se trata de no entender la lengua, sino de ser incapaz de leer cartel alguno. Miles de letreros inundan las calles, todos incomprensibles para un occidental ignorante de la grafía del mandarín. Lo mismo con las denominaciones de las calles. Para llegar con éxito alguna parte es imprescindible conseguir que alguien escriba en ideogramas la dirección deseada, para exhibir ese papel a transeúntes, choferes de taxi, o quien sea que pueda ayudarnos en el camino.

Dos: Un joven en el metro llevaba una cartera con la imagen del Che. Como muchos jóvenes, podía comunicarse en inglés y amablemente accedió a un pedido del amigo Rataube a sacarnos una foto. No sin cierto cholulismo le explico que soy de la patria del Che y me mira sin comprender. “Del Che Guevara”, le explico, señalando la foto de Kordas que exhibía en su cartera. “No sé quién es”, explica el muchacho, “la llevo porque es cool”.

Tres: La última noche salimos a tomar una copa y llegamos a un bar con show en vivo de cuidadosa escenografía occidental. Es probable que esa estética estuviera pensada para atraer turistas, de hecho durante las pocas horas que estuvimos allí casi no hubo más que extranjeros. El grupo de música interpretaba conocidos éxitos de bandas norteamericanas y la bebida más popular era la cerveza Heineken. Curiosamente, el único toque oriental lo daba una extranjera, nuestra amiga Kizu Naoko de Japón, con un hermoso kimono.

Taipei, allá vamos

Hay un poema apócrifo atribuido a Borges que antes circulaba en posters adornados con imágenes bucólicas y ahora invade páginas web con ventanas de publicidad, en el que ese supuesto Borges -algo reblandecido, por cierto- reniega de, entre otra cosas, haber llevado su paraguas a todos lados.

Pues bien, ese supuesto Borges debería haber conocido al amable y previsor THD, pues ya me ha advertido que carece de sentido transportar un paraguas al otro lado del mundo cuando puede comprarse en Taipei por aproximadamente u$s 3.
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