Las callecitas de Tlalpan, en la zona sur de la ciudad de México, combinan antiguos empedrados, vivos colores, ventanas y rejas que sobreviven a líneas hispanas de un pasado remoto, altísimos muros que se prolongan con alambrados electrificados, sombríos portones de hierro y ominosos rollos de púas que sorprenden al caminante desprevenido.
Escribo sobre Tlalpan, cuyo hermoso zócalo, su antigua Iglesia y los frescos que engalanan el edificio de la Delegación casi que lo redimen, pero podría referirme a cualquier colonia suburbana de México DF o a otra metrópolis de esta región del mundo, tal parece ser la tendencia de las grandes ciudades latinoamericanas. Continuar leyendo →
Una pequeña parroquia de adobe pintada de amarillo se recorta contra la seca geografía de La Puntilla. Esa sola imagen justifica la pausa en el mediodía riojano, pero no la distingue de otras antiguas capillas de tantos pequeños pueblos agobiados por la sequía entre las Sierras de Velasco y las alturas del Famatina.
La Capilla de la Virgen de la Merced, sin embargo, guarda un secreto en el pequeño recinto: una pintura de Santa Lucía atribuída al pintor español Murillo.
Uno: La primer sensación al caminar por las calles de Taipei es la de ser un analfabeto. No se trata de no entender la lengua, sino de ser incapaz de leer cartel alguno. Miles de letreros inundan las calles, todos incomprensibles para un occidental ignorante de la grafía del mandarín. Lo mismo con las denominaciones de las calles. Para llegar con éxito alguna parte es imprescindible conseguir que alguien escriba en ideogramas la dirección deseada, para exhibir ese papel a transeúntes, choferes de taxi, o quien sea que pueda ayudarnos en el camino.
Dos: Un joven en el metro llevaba una cartera con la imagen del Che. Como muchos jóvenes, podía comunicarse en inglés y amablemente accedió a un pedido del amigo Rataube a sacarnos una foto. No sin cierto cholulismo le explico que soy de la patria del Che y me mira sin comprender. “Del Che Guevara”, le explico, señalando la foto de Kordas que exhibía en su cartera. “No sé quién es”, explica el muchacho, “la llevo porque es cool”.
Tres: La última noche salimos a tomar una copa y llegamos a un bar con show en vivo de cuidadosa escenografía occidental. Es probable que esa estética estuviera pensada para atraer turistas, de hecho durante las pocas horas que estuvimos allí casi no hubo más que extranjeros. El grupo de música interpretaba conocidos éxitos de bandas norteamericanas y la bebida más popular era la cerveza Heineken. Curiosamente, el único toque oriental lo daba una extranjera, nuestra amiga Kizu Naoko de Japón, con un hermoso kimono.
Los mercados nocturnos forman parte de una milenaria tradición china. Se trata de grandes espacios públicos cuya actividad comienza antes del anochecer y continúa hasta bien entrada la noche, cuya principal actividad es la gastronomía. Continuar leyendo →
Hay un poema apócrifo atribuido a Borges que antes circulaba en posters adornados con imágenes bucólicas y ahora invade páginas web con ventanas de publicidad, en el que ese supuesto Borges -algo reblandecido, por cierto- reniega de, entre otra cosas, haber llevado su paraguas a todos lados.
Pues bien, ese supuesto Borges debería haber conocido al amable y previsor THD, pues ya me ha advertido que carece de sentido transportar un paraguas al otro lado del mundo cuando puede comprarse en Taipei por aproximadamente u$s 3. Continuar leyendo →
Luego de unas semanas de vacaciones, paseando por algunos de los maravillosos lagos de la patagonia (en particular, los lagos Huechulafquen y Traful), vuelvo a la rutina, al trabajo y a la tarea de actualizar, cada tanto, este blog con notas que, vaya sorpresa, se leen mucho más que lo que uno espera.
La primer nota de unas cuantas que tendrán que ver con las vacaciones será dedicada a dos maravillas: las propias vacaciones, como es natural, y la euforia pincharrata. Continuar leyendo →
Nunca me entusiasmó mucho la playa. Me gustan como a cualquiera esos paisajes bucólicos de atardecer -o amanecer, según la ubicación del espectador y de la playa-, y también un partido de fútbol en la arena, un desafío de voley playero, una partida de tejo o un truco bajo la sombrilla. También el avistaje de señoritas generosas y de atuendos mínimos, por qué no.
Pero el sol incandescente del mediodía me fastidia en un grado supremo. La arena me molesta. La sal marina tiene esa pésima costumbre de dejar la piel pringosa y como si todo esto fuera poco, las multitudes me abochornan. Continuar leyendo →
La primera vez que aterricé en Paris fue en enero del 98 y el frío asustaba tanto como el idioma. Iba al encuentro anual de Reality of Aid, una iniciativa destinada a documentar y analizar la cooperación Norte-Sur, adonde estaba invitado por haber sido uno de los redactores del capítulo sobre Argentina de ese año. Continuar leyendo →
El guardaparques de Villa Futalaufquen, viéndonos jóvenes, entusiastas y, por qué no, bastante ingenuos, nos propuso una travesía a pie hasta la boca del río Frey, en la margen sur del lago Kruger, distante uno o dos días de marcha de nuestro campamento.
Debíamos internarnos en la Reserva Natural del Parque Nacional Los Alerces, recorrer un sendero hasta llegar a un lugar llamado Playas Blancas, hacer noche allí sin encender fuego -ya que el fuego sería una señal de alarma para un puesto de vigilancia ubicado en la otra orilla del lago- y en la jornada siguiente llegar a un puesto de guardaparques abandonado en el nacimiento del río Frey. Podíamos quedarnos un día y luego debíamos regresar. Si demorábamos más de cinco días en volver, debían salir a buscarnos. Continuar leyendo →
Desde que el mundo es mundo hay un puñado de preguntas clásicas, de ésas que todos nos hacemos al menos una vez en la vida. Qué es el amor es una de ellas y pese al esfuerzo de poetas y filósofos aún es difícil dar con una respuesta simple y satisfactoria. Cierto es que cuando nos sucede, lo sabemos, pero de ahí a poder explicarlo hay un trecho importante.
Es que no sólo resulta difícil traducir en palabras adecuadas los sentimientos sino que además los intentos por teorizar de manera objetiva un fenómeno como el amor bordean el ridículo cuando no la estupidez. Eso sí, con jerarquía científica, como cuando se intenta reducir el amor a una serie de reacciones químicas y predestinaciones genéticas. Continuar leyendo →
Hace algún tiempo supe viajar por cuestiones de trabajo al viejo continente. En cada uno de esos viajes, aprovechando la presencia de mi amigo Emilio en París, enfrascado en sucesivos postgrados, pedía el pasaje de vuelta con unos días adicionales para poder visitarlo.
En aquellos tiempos, Emilio ocupaba una habitación en la Casa Argentina de La Cité Internationale Universitaire. La Cité es un conjunto de casas (alrededor de 40), situada en un hermoso bosque al sur de París, donde se alojan estudiantes y graduados de todos los continentes. La Casa Argentina en particular es una de las más antiguas y tiene una ubicación privilegiada, cerca del métro y a pasos de la biblioteca y del restaurante universtario. Continuar leyendo →
Había escrito una entrada nueva para Señales de Humo.
Era sobre Riachuelo (Uruguay), un arroyo del Departamento de Colonia donde pasé veranos de mi infancia y compartí muchos fines de semana de invierno con mi viejo, cuando simulábamos participar en regatas sobre su velero NASHIRA, una embarcación de 25 pies de eslora, y una tripulación compuesta por lo más granado de sus amigos. Alguna vez volveré en una crónica sobre esas travesías y sobre Uruguay. Continuar leyendo →
Era mi segunda vez en Bruselas. De la primera, cargaba con la sensación de ciudad gris, fría, llena de hombres apurados y distantes, y mujeres calladas bajo sus pañuelos de tonos tan apagados como sus rostros.
Gianni, un caballero italiano, amigo de aquellos tiempos, confirmaba mi sensación de ciudad de puertas cerradas, amable pero fría, de colores desteñidos y cielo plomizo. Especulábamos con la posibilidad de que fuera la notoria invasión de colectividades provocada por su condición de centro político y administrativo de Europa, la causa de este aparente retraimiento de su gente, en una especie de movimiento defensivo ante lo extranjero. Continuar leyendo →
Dos años más tarde, en enero del ‘89, llegamos con Darito y Emilio al lago Paimún. Era una expedición menos deportista y más juerguista que la anterior, pero no por eso menos interesante.
Cerca de las playas de gruesa arena volcánica del Paimún había varios grupos de mochileros, algunos aislados en ese paraíso desde semanas atrás, varios ya retirándose por la cercanía de febrero y la vuelta al yugo. Continuar leyendo →