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El evangelio según Saramago

Entre esperas interminables en el aire y esperas interminables en los aeropuertos, leí finalmente el libro de Saramago que, según dicen, le valió el Premio Nobel: “El evangelio según Jesucristo”.

Hace años lo tenía en la mira y hace años que lo postergaba, quizás por la decepción pequeña del “Manual de pintura y caligrafía” y la decepción enorme de “La caverna”.
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La yugoslava

La yugoslava es una joven estudiante e investigadora platense de ese universo sin límites precisos que desde hace décadas llamamos “rock nacional”, de viaje en la primavera de los ’80 por sus orígenes personales (Yugoslavia) y por los orígenes del rock (Inglaterra).

La yugoslava también viaja por los contornos inciertos de una historia cuyas características la han ido transformando en mito: la obtención de la Copa Intercontinental por parte de un, hasta ese entonces, humilde equipo de barrio, Estudiantes de La Plata, trofeo arrancado a los inventores mismos del fútbol en su propia casa; el estadio Old Trafford del poderoso Manchester United.

La yugoslava es, finalmente, la protagonista de la novela homónima de Esteban López Brusa, escritor tan platense y pincharrata como el partenaire de la yugoslava, quien, mientras ella realiza su periplo europeo, escribe una crónica conmemorativa del vigésimo aniversario de aquella epopeya futbolística.
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Grasa

Grasa era originalmente una calificación que cargaba con una determinación de clase: grasas eran los pobres, sus fealdades, su lenguaje, sus gustos. Eva Perón, en una operación discursiva que buscaba reemplazar por afecto el desprecio que llevaba consigo el calificativo, llamaba a sus descamisados “mis grasitas”, pero no por ello acortaba la distancia de clase que connotaba. Con el tiempo sus significados comenzaron a ampliarse: comenzó por ejemplo a incluir aquello que quedara escandalosamente fuera de los límites aceptados por la moda. Una persona vestida de manera extravagante es sofisticada o es grasa; que sea uno u otro depende del observador y, muchas veces, de la identidad de quien comete la extravagancia.

Poco a poco la calificación fue corriendo hacia esta novedad su ámbito de aplicación, y al mismo tiempo fue perdiendo su determinación de clase. Grasa pasó a ser, desde los tiempos de Serú Girán, el mal gusto, lo burdo, la chabacanería, el humor groseramente fácil y repetido, la exhibición orgullosa de estupidez. No son grasas la superficialidad ni la frivolidad: lo grasa es pretender que sean profundas.

Grasa también es el título de un libro que colecciona artículos periodísticos de Juan Becerra, publicados algunos de ellos en la revista Los Inrockuptibles. Al ser una colección de artículos pensados originalmente como piezas unitarias, no tienen entre sí una fuerte hilación, pero cada uno de ellos es una mirada ácida y perspicaz sobre el escenario omnipresente de la grasada nacional: desfilan por allí Roberto Giordano, Marcelo Tinelli, Alan Faena, Baby Etchecopar, los inefables teleperiodistas del fútbol, Jorge Bucay, Rodolfo Ledo, Gran Hermano…
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Tecnología propietaria y DRMs en Terminus

Hace algún tiempo comenté que había dedicado parte de las vacaciones estivales a releer viejos clásicos que me fascinaron de adolescente y que casi había olvidado. Entonces manifesté mi admiración por Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, y omití mencionar una leve decepción por la trilogía Fundación, de Isaac Asimov, que en mi recuerdo era mucho más interesante que en esta nueva lectura.

Sin embargo, no pocas cuestiones planteadas en el primer libro de la saga -a mi juicio, el mejor de los tres- siguieron resonando entre mis orejas como una fábula exacta de las consecuencias políticas y económicas del uso de tecnologías propietarias y sus herederos naturales, los sistemas de Gestión Digital de Derechos (o Restricciones, como prefieras llamarlos), DRM por sus iniciales en inglés.
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Crónicas marcianas

Este verano regresé a libros olvidados de mi adolescencia: Phillip K. Dick, Asimov, Arthur C. Clark, Bradbury, aunque para mi sorpresa y decepción encontré que muchos títulos clásicos de la ciencia ficción están descatalogados.

El que más me impresionó, al punto que no puedo entender cómo pude haber olvidado los detalles, es Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, un libro injustamente encorsetado bajo la categoría Ciencia Ficción. Bradbury elige Marte como escenario de sus relatos como podría haber elegido cualquier territorio poblado sólo por fantasmas, pero no es la ciencia el centro -ni la periferia- de su escritura, sino la angustia, los miedos y las esperanzas que desde siempre han acompañado a los hombres.
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