Wiki loves monuments/ especial platenses

Tanque de agua de City BellWiki loves monuments es el concurso de fotografía más grande del mundo: en su edición 2012 participaron 353.768 fotografías tomadas por más de 15.000 fotógrafos provenientes de 33 países distintos.

Su popularidad se debe, entre otras cosas, a que no es un concurso de fotografía común y corriente.  El resultado no se termina con una bonita exhibición de los trabajo premiados y un brindis con los autores (¡aunque, por supuesto, la exhibición y el brindis también se incluyen!). Cada foto, las premiadas y las que no logran esa distinción, contribuyen a documentar nuestro patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, a difundirlo por la Web y a ilustrar la mayor obra de consulta que haya existido hasta hoy: Wikipedia.

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Wiki ama el arte callejero… pero en Argentina no se consigue

Wiki Loves Public Art es una iniciativa hermana de Wiki Loves Monuments, impulsada por distintos capítulos del mundo Wikimedia junto con Europeana, la biblioteca digital europea de acceso libre.

Es un concurso de fotografía que este año se realizó en Austria, España (Barcelona), Finlandia, Israel y Suecia, cuyo tema son las obras de arte que se encuentran en el espacio público. La idea del concurso es registrar y disponer en Wikimedia Commons, el repositorio multimedia de la Fundación Wikimedia, imágenes del patrimonio artístico que se encuentra dispuesto en lugares de acceso público.

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Lo último en salsas para pollo al horno

No es la pretensión de este blog convertirse en una colección de recetas de cocina. No podría: no tengo tantas ni son tan buenas.

Pero las redes sociales han matado a los blogs: si tengo algo breve para decir, lo twiteo. Si no es tan breve, lo comparto en Facebook. Y pocas veces uno tiene el tiempo, las ganas y el tema para escribir algo que exceda esas dimensiones estandarizadas. Sigue leyendo

Había una vez un aljibe…

aljbe de city bell
Aljibe de City Bell

Pensé en sacarle una foto al histórico aljibe de Pellegrini y las vías, en City Bell. No sabía que sólo quedaban escombros. El aljibe tenía aproximadamente 130 años y servía al apeadero del tren antes de que el pueblo fuera pueblo y siquiera hubiera estación. El aljibe, ya maltrecho, había sido declarado de valor histórico y cultural hace poco más de dos años. Pero para qué sirven esas declaraciones si no existe ninguna acción concreta para prevenir mayores daños y reparar los existentes.

Al parecer, el aljibe habría sido destruído hace un par de meses. Aunque si la de El Día es la foto de la “destrucción total”, deberían verlo ahora, reducido a una pila de escombros.

Danger: lateralidad cruzada.

En una visita al optómetra, me enteré que tengo lateralidad cruzada: todo mi cuerpo está dominado por el lado derecho (brazo+mano, pie, oído), excepto por el ojo. Parece ser que mi ojo izquierdo es el más hábil y comanda la forma en que miro el mundo.

Con cierta curiosidad, busqué en Google y me encontré con cientos de páginas donde se hablaba del “problema” de la “lateralidad cruzada”, con referencias a dificultades escolares, problemas de sociabilidad, confusión para los cálculos matemáticos, incluso gurúes que auguran que los niños en esta condición “nos van a dar problemas de lectoescritura, por el bajo dominio viso-espacial que poseen”.

Pues bien, yo me enteré ahora, a los 43 años. Y aprendí a leer y escribir cuando estaba en el jardín de infantes, tengo facilidad para las matemáticas, cursé mis estudios primarios, secundarios y universitarios con buenas notas -sin exagerar, por supuesto-, no creo tener problemas de relación y como si fuera poco, me siento una persona feliz la mayor parte del tiempo (no de los últimos tiempos, sino de la mayor parte de mi vida).

Así que si un psicólogo, pedagogo o chamán te alerta porque tu hijo tiene lateralidad cruzada, decile que se vaya a prometer tormentas a otro lado.

Fernando García miente (acerca de Wikipedia, el Ecce Homo de Borja y demás yerbas)

Hace rato que pasó de moda eso de referirse con sorna y desprecio a Wikipedia para presumir seriedad, academicismo, rigor intelectual. Nadie le avisó, sin embargo, a un tal Fernando García, que hoy escribió una columna en la revista Viva de Clarín y preso de sus prejuicios navegó entre el ridículo, la desinformación y la mentira.

La columna adorna una nota acerca del Ecce Homo de la localidad española de Borja, fresco del pintor Elías García Martínez que saltó a la fama por obra de una entusiasta restauradora aficionada llamada Cecilia Giménez. Todos recordarán el episodio: Doña Cecilia convirtió al Cristo en un monigote y Twitter se encargó del resto.

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Alitas de pollo al horno: la receta definitiva

Alitas de pollo al horno

De todas las opciones de comida chatarra, la única que me gusta es Kentucky’s Fried Chicken (KFC). Como consecuencia de un postulado poco conocido de la vieja Ley de Murphy, sucede que KFC es la única de todas las grandes franquicias de comida chatarra que no tiene presencia en Argentina: hay McDonalds por doquier, BurgerKings en todo lados, pero ni un solo KFC.

No sorprenderá, entonces, que cada vez que viajo al exterior, busque un KFC y disfrute esa piezas pringosas de pollo que aquí se me niegan. Pero sucede que, en ocasiones, tampoco tenemos un KFC a mano en nuestra ruta viajera y decidimos probar restaurantes KFC like. En circunstancias como ésa descubrí las Buffalo Wings: alas de pollo deliciosas que según el lugar se hacen fritas o al horno y que tienen un poder adictivo similar -o incluso superior- al KFC.

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El resplandor

En la lista de artefactos con accesorios ridículos, agreguen un conversor/sintonizador para TV digital provisto por empresa de TV satelital (aunque supongo que debe ser genérico) con un LED en su frente que indica el encendido y que tiene más potencia que el sable láser de Luke Skywalker.

Vas a poder disfrutar de multitud de canales en tu cuarto, eso sí: no vas a poder dormir nunca más con ese punto azul brillante que insistirá clavarse en tu retina aún a través de los párpados.

Intentarás ubicar el conversor de manera tal que el LED no apunte directamente a tu rostro, pero en ese caso el sensor receptor del control remoto -que se encuentra al lado del indicador de encendido- quedará fuera de alcance y habrás retrocedido 40 años en tu experiencia como televidente.

Apagar el conversor también es posible, y con esa operación el resplandor azul que baña la habitación desaparece, pero la próxima vez que lo enciendas tendrás que esperar quince minutos a que cargue la programación actualizada.

Pero no sólo hay malas noticias: tendrás infinitas horas en vela para insultar al genio del LED, a su familia y a sus empleadores.

El cuento del tío y el oxígeno energizado

Una buena amiga, preocupada por los ambientes poco ventilados de nuestras oficinas, llegó entusiasmada con un ozonizador portátil, con la mágica promesa de purificar el aire, eliminar olores y, como si faltara algo, incidir positivamente sobre nuestra salud física y mental reduciendo el stress y oxigenando nuestros cuerpos.

No le presté mucha atención al asunto, ni siquiera cuando tuve el aparatito a pocos centímetros de mis pies, bajo mi escritorio: no hace ruido y el olor leve del ozono no era tan intenso como para incomodar. Hasta que un par de horas después, pese al clima templado, comencé a sentir un malestar en la garganta y el pecho. Quizás fuera casualidad, pero por las dudas apagué el milagroso artefacto energizante, y por unos minutos olvidé el asunto.

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Hacer ejercicio es cosa de nerds

Y como nunca antes.

Por ejemplo: yo, que estoy gordo y pelado, salgo a caminar. En mi celular android, un aplicación usa el acelerómetro para contar cada paso y calcular distancias y calorías consumidas en el esfuerzo (programa que está activado de manera permanente y me indica, al final del día, cuántos pasos di en toda la jornada). Otra aplicación, con la ayuda del GPS, documenta la ruta, establece la velocidad promedio y me avisa por medio de unos auriculares Bluetooth, con una agradable voz femenina, las novedades de interés a cada kilómetro de la travesía.

En pausas preestablecidas por ese software, aprovecho para tomar el pulso mediante otro ingenioso programa: al tapar con mi dedo índice la lente de la cámara de fotos integrada al teléfono, se registran los cambios de color y se cuentan las pulsaciones por minuto. El resultado se guarda y se utiliza por el programa de entrenamiento para aconsejar la velocidad a la que debería ajustar mi caminata.

MIentras tanto, si así lo dispusiera -que no es el caso porque mi caminata no alcanza para alardear- podría comunicar los detalles de mi entrenamiento por Twitter, Facebook o Google+, mediante mensajes automáticos con distancias, velocidades, pulsaciones o estimación de calorías consumidas.

Cómo hacen esos ignorantes que simplemente salen a correr -y, que a diferencia mía conservan su cabellera, sus músculos y una capacidad aeróbica como para las olimpíadas de Londres- es algo que escapa totalmente a mi comprensión.