Una buena amiga, preocupada por los ambientes poco ventilados de nuestras oficinas, llegó entusiasmada con un ozonizador portátil, con la mágica promesa de purificar el aire, eliminar olores y, como si faltara algo, incidir positivamente sobre nuestra salud física y mental reduciendo el stress y oxigenando nuestros cuerpos.
No le presté mucha atención al asunto, ni siquiera cuando tuve el aparatito a pocos centímetros de mis pies, bajo mi escritorio: no hace ruido y el olor leve del ozono no era tan intenso como para incomodar. Hasta que un par de horas después, pese al clima templado, comencé a sentir un malestar en la garganta y el pecho. Quizás fuera casualidad, pero por las dudas apagué el milagroso artefacto energizante, y por unos minutos olvidé el asunto.
