La gripe (Capítulo II)

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La gripe había sido como una explosión atómica.

Nadie sabía con precisión dónde se había producido la chispa. Quizás en algún lugar del Cercano Oriente, donde las noticias de resfríos fatales se sucedían desde años antes del estallido. Quizás en algún lugar del norte de África, o en Europa. Se presumía que no había sido lejos de las costas del Mediterráneo. Lo que sí se sabía era que en cuanto ese virus mutante contagió por primera vez, la onda expansiva alcanzó las antípodas del planeta sin que hubiera frontera capaz de detenerla.
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La gripe (Capítulo I)

¿Volvería a ver el sol alguna vez?, se preguntó el hombre con la mirada detenida en el disco rojo, opaco y frío que avanzaba hacia el atardecer. Respiró profundo, aire y cenizas, cenizas que ya formaban parte del aire, que cubrían todo, al hombre, a la azotea, al edificio, a la ciudad en llamas; que apagaban el cielo dejando sólo esa claridad mortecina apenas interrumpida por aquel círculo sofocado que jamás podía ser el sol.
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Verano bordó

Qué extraña es la ciudad en silencio, qué desolada y ancha resulta la avenida desierta, qué color tan oscuro tiene mi sangre. Hasta la pendiente que baja hacia la playa parece más pronunciada a medida que el sol comienza a levantarse.

Es curioso. Los pocos días que llevo en este lugar han estado signados por el bullicio continuo, el movimiento incesante de la muchedumbre y el tráfico, ese tráfico fastidioso a que obligan las calles repletas.
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El tren de la madrugada

Hacía ya unos cuantos días que buscaba infructuosamente una historia cuando la vi.

Era alta, casi rubia, sobre sus hombros aún bellos llevaba poco más de cuarenta años y en su cabeza, un rodete desprolijo. Bajó del tren con paso seguro y sin mirar atrás cruzó de prisa el campito que separaba las vías de las casas.
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Amnesia

Puesto a recordar confieso que no me resulta nada fácil extraer un discurso coherente del torbellino de percepciones casi sin sentido que tengo grabadas en mi mente desde ese día.

Más que recordar conceptos recuerdo sensaciones. Así es que todo se me presenta como un conjunto de imágenes, olores, sabores y estremecimientos. Ningún sonido, porque no los hubo, o quizás porque no los registré, tan ocupado como estaba con ese sofocamiento que creo revivir cada vez que evoco aquella tarde de primavera.
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El Compositor

Tan sólo restaban los últimos dos, o a lo sumo cuatro compases. Miraba y miraba el pentagrama, contaba las notas prolijamente dispuestas en su cárcel de cinco barrotes. Las pesaba y medía, y comprobaba a cada rato la combinación exacta de sonidos y silencios que había obtenido. Pero el final, faltaba el final y sin él su canción perfecta se encontraba presa de una amputación horrible que impedía admirarla.

Era una canción breve: doscientos cinco notas se sucedían una tras otra a lo largo de tres páginas Ricordi. Doscientos cinco fosforitos que obstinadamente escondían el secreto de los últimos compases.
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El prostíbulo de la calle 52

Jamás podré olvidar el prostíbulo de la calle 52.

Fue en un oscuro día de invierno, recuerdo la penumbra sombría que amenazaba tempestades y envenenaba el ánimo. Era apenas pasado el mediodía, sin embargo, el clima era de desolado anochecer.
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