Borges imaginó, en uno de sus tantos escritos sobre el tema, un cielo y un infierno idénticos: la contemplación infinita de una imagen que será “para los réprobos, Infierno, para los elegidos, Paraíso”.
Para nosotros, simples mortales seguidores de un equipo de fútbol, esa noción del cielo y del infierno es tan obvia como conocida. Como sucede cada tanto, este domingo 15 de octubre de 2006, un mismo partido, la misma pelota tocando tantas veces las cuerdas de la misma red, ha sido paraíso para unos, cruel averno para otros.
Siete goles, los siete del mismo equipo en un partido clásico que enfrenta desde hace cien años a las mismas instituciones antagónicas, son siete explosiones de júbilo incontenible para unos, siete puñaladas dolorosas para otros. Quizás Borges haya pensado en el rostro amado cuando pensó en el cielo y el infierno, sin embargo, la alegría, humillación, éxtasis, desahogo, indignación, soberbia y súplica, sentimientos todos que rodean un clásico de semejante desequilibrio, no por efímeros son menos importantes que el anhelado amor.
Estudiantes había comenzado mejor el año. Un serie de hazañas en la Copa Libertadores lo había acercado a las gestas históricas del club, si bien trastabilló en los cuartos de final frente al poderoso San Pablo. Gimnasia, luego de un final de campeonato tumultuoso a fines de 2005, en el que acarició una vez más, sin éxito (también una vez más), la cima del podio, regresó a la competencia internacional con su participación en la Copa Sudamericana. Los dos competidores, al entender de la prensa especializada, llegaban en óptimas condiciones.
Para el pincha, el clásico tenía un condimento especial: era su primer partido de regreso a su ciudad luego de varios meses de exilio en la vecina ciudad de Quilmes; debido a un conflicto con las autoridades municipales, que le negaban la posibilidad de refaccionar su estadio, Estudiantes se negó a utilizar el estatal Estadio Ciudad de La Plata y prefirió trasladar su localía lejos de su tierra y sus afectos.
En septiembre, la resistencia pincha logró un esforzado acuerdo que le abrió nuevamente las puertas de su ciudad, y el 15 de octubre, en su primer partido luego del exilio, Estudiantes y La Plata se agasajaron con siete goles favor, ninguno en contra, frente al rival de siempre. Nunca un clásico había tenido ese resultado. Nunca un clásico de la Argentina: ni Boca y River, ni Independiente y Racing, ni Rosario y Newells, ni San Lorenzo y Huracán.
El infinito Calderón, con tres goles; Galván, con dos, el inoxidable Pavone y el payasito Luguercio, implacables, sellaron la suerte del Lobo, acompañados por un conjunto templado por Simeone, conducido por la brujita Verón y protagonizado por un conjunto de jugadores contagiados por su temple y costumbre de campeón, que lo ha sido dondequiera que fuese.
Del otro lado, decepción y angustia. Nada que decir al respecto, he esperado dos días para escribir algo a fin evitar la tentación obvia de la gastada, tengo muchos amigos refugiados bajo esa bandera y lo cierto es que si se tratara sólo de un traspié deportivo me subiría a la cargada fácil. Pero temo que sea un síntoma más de un desbarranque institucional y ése es un terreno más delicado.
Para los pincharratas, una caricia más para el alma. Una de tantas que ya fueron, una de tantas más que están por llegar. Diez meses fuera de La Plata, y a la vuelta, goleada siete a cero y los sueños más vigentes que nunca.