Este verano regresé a libros olvidados de mi adolescencia: Phillip K. Dick, Asimov, Arthur C. Clark, Bradbury, aunque para mi sorpresa y decepción encontré que muchos títulos clásicos de la ciencia ficción están descatalogados.
El que más me impresionó, al punto que no puedo entender cómo pude haber olvidado los detalles, es Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, un libro injustamente encorsetado bajo la categoría Ciencia Ficción. Bradbury elige Marte como escenario de sus relatos como podría haber elegido cualquier territorio poblado sólo por fantasmas, pero no es la ciencia el centro -ni la periferia- de su escritura, sino la angustia, los miedos y las esperanzas que desde siempre han acompañado a los hombres.
Tres capítulos, en particular, me conmovieron: el que narra los acontecimientos de la tercera expedición, el que encuentra en una encrucijada a un hombre y un marciano de distintas eras, y el de la moderna casa automatizada que muere sin que haya testigos de su fin.
Bradbury imagina marcianos telépatas y crédulos, capaces de materializar sus fantasías y pensamientos. La tercera expedición llega al planeta rojo con un fuerte armamento debido a la silenciosa desaparición de las dos primeras. No hay noticias de los marcianos cuando la tripulación desembarca. En cambio, un aire familiar sorprende a los navegantes en cuanto pisan el planeta rojo, y al rato se encuentran caminando por las calles de la infancia. Mientras intentan comprender el prodigio, aparecen de pronto familiares, amigos, novias, padres muertos hace tiempo, quienes interrumpen todo intento de comprensión con un abrazo que festeja el reencuentro. Luego de cenar con sus padres, el capitán Black logra entrever la verdad, pero ya sería demasiado tarde.
En el mes imaginado de agosto de 2002, en una vieja carretera, Tomás Gómez se encuentra con un marciano. Saben que son de épocas distintas, pero no logran ponerse de acuerdo sobre quién ha sucedido a quién. Donde el joven Gómez ve un pueblo abandonado, el marciano distingue las luces de una gran fiesta. Luego de haber atravesado el tiempo para encontrarse, cada cual sigue su camino, convencido de haberse encontrado con una sombra del pasado.
La casa inteligente de Marte tenazmente prepara desayunos, encera pisos y tiende camas para nadie. Una afortunada ráfaga de viento interrumpe una secuencia que pudo prolongarse de manera indefinida, en un planeta abandonado, en una galaxia agonizante.
Un clásico, que además se edita en ediciones económicas. No hay excusas.