Copio el título de Crítica porque es el enésimo artículo o comentario que encontré sobre esta cuestión y ha terminado por hartarme.
¿Cuál es la cuestión? El último domingo se enfrentaron dos equipos de la primera división de Argentina, Godoy Cruz y Banfield. El partido iba empatado hasta los minutos finales y de pronto hay un penal para Banfield. Lucchetti, su arquero, decide ejectutar la pena como suele ser su costumbre. El arquero de Godoy Cruz, Ibañez, contiene con maestría el remate y se queda con la pelota en su poder mientras su rival tenía el arco desguarnecido. Mientras sus compañeros le reclamaban que pusiera en juego el balón para aprovechar esa circunstancia, Ibañez opta por esperar que su colega de Banfield regresara a su arco, señalando luego que “no saqué porque me puse en el lugar de él, y por eso esperé a que llegara al otro arco”.
Opinólogos, periodistas, futboleros en general se han enzarzado en la discusión que da título a este post: ¿fue un gesto de caballerosidad deportiva o una estupidez? Otros van más allá y señalan la actitud del arquero bonachón como un acto de ética ejemplar.
No podría estar más en desacuerdo: lo de Ibañez fue una boludez insigne. Y lo del periodista de Crítica (un tal Alejandro Wall) deseando que surjan imitadores de Ibañez no puede ser sino una enorme confusión acerca de lo que significa el espíritu deportivo, la solidaridad y el respeto a las reglas.
Repasemos por un instante los hechos. Cuando Banfield decidió que el encargado de ejecutar el penal sería su arquero sabía que ello implicaba un riesgo: dejar desprotegido su propio arco. Habrán evaluado que la maestría del jugador en la ejecución de penales compensaba con creces ese riesgo. Cuando patea el penal es de suponer que dio su mejor esfuerzo para convertir el gol y que el arquero rival desplegó toda su habilidad para intentar contenerlo. Cualquier otra actitud por parte de ambos hubiera sido desleal y antideportivo.
En el momento en que Ibañez se hace del balón, el arco contrario estaba en una situación de gran vulnerabilidad debido a decisiones deportivas del equipo que debía custodiarlo, no por circunstancias inesperadas y ajenas al juego (una grave lesión, una agresión desde fuera del campo de juego, una grosera transgresión a las reglas no observada por el árbitro).
Al retener la pelota, el jugador evitó deliberadamente intentar un gol, cuando en el campo no había ningún hecho extraño al juego. Eso es una actitud antideportiva, desleal para con sus compañeros, sus rivales y los espectadores; y es una vergüenza que el arquero rival se lo haya agradecido: para un deportista cabal es una ofensa grave que el rival se deje ganar o evite hacerlo cuando tiene la oportunidad.
Nada más lejos de la caballerosidad deportiva: el fair play no resigna el espíritu de competencia. Lo de Ibañez, insisto, fue una boludez tan grande como la de quienes pretenden elevarlo a acto de ética ejemplar e inspirador.