
No, no se trata de un militar nostalgioso intentando atajos violentos para llegar al poder: es el nombre de uno de los más populares planeadores de madera balsa. Cuando uno era chico hace treinta años e intentaba construir un avioncito, lo habitual era comenzar con el espantoso Dédalo, que consistía en unas pocas tablas de madera balsa y un contrapeso en la nariz. El único desafío en la construcción del Dédalo consistía en lograr que las alas tuvieran el ángulo adecuado.
Si uno demostraba el suficiente entusiasmo y lograba convencer a sus padres para que insistieran en su papel de mecenas aeromodelistas, lo natural era ascender al teniente Origone, cuyas alas se construyen con costillas de madera y se recubren de papel, sofisticación que seducía desde que uno extendía el plano sobre el tablero.
Luego seguía algún modelo con hélice y propulsado por un elástico que se debe retorcer en sentido contrario al del avance, y por lo general allí terminaban las incursiones aéreas. Quizás porque al llegar a ese punto, las chicas o el fútbol, o quizás las dos cosas, comenzaban a interesar más que los avioncitos.
Hace unos días busqué algún modelo para armar con mi hijo y me encuentro con el viejo y recordado teniente Origone. Ni pregunté por el Dédalo, no me pareció que tuviera el suficiente atractivo como para alejar a nadie de la Play Station ni cinco minutos. Y agregamos el Newbery, un modelo de hélice a goma con fuselaje tipo cajón, para avanzar dos escalones de un solo tiro.
Y aquí estamos, nuevamente embriagado por los vapores del barniz y conteniendo la ansiedad para no intentar remontar el vuelo antes de que se seque la pintura.