Dos diarios hay en mi mesa: uno titula “Con la frente alta” y el segundo, “Adiós con la mejor imagen”. Por supuesto, se refieren a la despedida de nuestra selección del Mundial de Alemania.
Pues bien, no lo creo así. A menos que alguien sinceramente piense que la expresión cabal de la era Pekerman haya sido el partido contra Serbia y Montenegro y no, como me parece evidente, un partido excepcional, frente a un conjunto muy débil (último puesto en este Mundial), de una selección que pese a contar con un formidable conjunto de jugadores, casi nunca brilló, sólo se destacó por el toque irrelevante y siempre se apuró a cuidar resultados parciales más cerca del arco propio que del contrario.
Pero vamos por partes: yo también me entusiasmé con la exhibición de fútbol ante Serbia y Montenegro. El Mundial había empezado con un partido timorato ante Costa de Marfil, en el que se vio lo mismo que en la parte final de las eliminatorias. Terminamos metidos en nuestra propia área chica frente a una selección que, más allá del gusto de la prensa por construir fantasmas, está en la primera B de las selecciones, y en mitad de tabla. El partido siguiente fue otro, entre otras cosas porque la diferencia entre los jugadores fue tal que no hubo forma de sujetar a un grupo de jugadores que se muere por demostrar su categoría. Particularmente: Saviola, Tevez, Ayala, Mascherano, Messi, Crespo, Cambiasso, Maxi Rodríguez, que olvidaron la obligación de entregar siempre la pelota al desganado Riquelme y felizmente se mataron, cada cual, por hacer su propio gol. Contra Holanda fue un entrenamiento para ambos, nadie se desesperó por ganar y la muestra es que hubo muy pocos tiros al arco.
Como dije antes, el segundo partido logró entusiasmarme. Es que a pesar de la insistencia casi conmovedora de un periodismo autista, nunca logré encontrar qué virtud tenía Pekerman para dirigir la selección mayor. Nuevamente, les pido que recuerden los partidos de las eliminatorias, donde tomó a un equipo prácticamente clasificado y a pesar de eso logró hacernos sufrir con un conjunto de jugadores brillantes que parecían no creer en sus propias fuerzas. Pero uno quiere creer, y esa ilusión óptica del seis a cero me tiró de cabeza a un Mundial que hasta ese momento había mirado de reojo.
Contra México sobrevolaron algunos fantasmas, pero como he dicho antes: uno quiere creer. Preferí, como todos, ignorar que un zapatazo maravilloso en el cierre del partido nos evitó los penales contra una selección que no tiene ningún pergamino relevante. Que, claro que sí, ha crecido en los últimos años. Pero la Argentina es bicampeón mundial, tiene dos subcampeonatos, es campeón olímpico; su plantel, individualmente considerado, tiene más calidad que el de Brasil. Y nos quedamos contentos porque le ganamos con susto y sufrimiento a una selección que está en el Nacional B, tratando de arañar el ascenso.
Contra Alemania jugamos mejor, dice la mayoría. ¿Seguro que fue así? Por momentos hubo dominio territorial y de control de pelota, y actuaciones individuales conmovedores (Ayala, con su jerarquía, Tevez, con su orgullo y su técnica). Pero ¿cuántas veces se pateó al arco? Cuatro, si mal no recuerdo, en noventa minutos. Eso no es jugar bien, aunque algunos pasajes hayan sido bonitos. Ganando apenas uno a cero, contra el local y favorito, y se cambia a Crespo (lesionado) por Cruz. ¿Por qué no Saviola o Messi? Porque lo único que le preocupó a Pekerman fue no perder altura en el área propia, resignando toda oportunidad ofensiva y dejando al pobre Tevez solo con su alma.
En fin. A esperar cuatro años. Aunque advierto que antes que comenzara a cicatrizar esta nueva herida futbolera, ya han comenzado las operaciones de prensa para que Diego ocupe el lugar que deja vacante Pekerman. Lo que pienso es que la magia incomparable que Diego ha regalado adentro de la cancha no ha podido demostrarla fuera de ella. Como opinar es gratis, aquí van mis cinco centavos: en el fútbol argentino no hay mejor entrenador, más capacitado ni más serio que Miguel Angel Russo.