Hasta el 3 de agosto de 1967, Estudiantes de La Plata era un equipo de fútbol más. Tenía, como todos, sus viejos héroes y una módica historia: una delantera famosa cuyos integrantes eran apodados “los profesores”, artilleros famosos como el Payo Pellegrina y el Beto Infante, un arquero célebre como Ogando, y no mucho más. La ciudad de La Plata era mucho más provinciana que ahora y los pincharratas, apenas un equipo chico del interior.
Esa noche de 1967, en cancha de Boca, Platense y Estudiantes se enfrentaban por las semifinales del Campeonato Metropolitano. Cuentan las crónicas que el equipo de Angel Labruna fue muy superior durante la mayor parte del encuentro, al punto que comenzado el segundo tiempo el resultado era de 3 goles contra 1 a favor de Platense. Sin embargo, el pitazo final encontró un sorprendente 4 a 3 a favor de Estudiantes de La Plata.
No fue un partido más para ninguno de los dos clubes: Platense recuerda esa noche como el punto más alto de su historia, Estudiantes como el prólogo de una saga que se inauguró a los pocos días con la obtención de ese campeonato frente a Racing (primera vez para un equipo chico en un deporte que hasta ese entonces tenía dueños), y siguió con la obtención de la Copa Libertadores de América y la Copa del Mundo. A partir de esa noche, el pincha dejó de ser un modesto equipo del interior para levantar el máximo trofeo en las narices de los inventores de fútbol, en el mítico estadio de Old Trafford frente al Manchester United.
Ayer a la noche los fantasmas de la Bombonera visitaron el estadio de Quilmes, donde Estudiantes hace de local, y muchos veteranos sintieron que la historia, a casi 40 años de aquél partido iniciático, volvía a comenzar. Por la Copa Libertadores, se enfrentaron el Sporting Cristal, de Perú, y Estudiantes de La Plata. El primer tiempo fue baile peruano, incluyendo tres goles que destrozaron los nervios y -casi- las ilusiones de los pincharratas.
Cuando comenzó el segundo tiempo, empujados por una hinchada infatigable que se resistía a creer en el resultado y también por su propia vergüenza, los jugadores parecieron ser otros. El infinito Calderón cambió penal por gol, y luego de una pared con el príncipe Sosa (que anoche volvió a insinuar que alguna vez se convertirá en Rey), señaló el segundo gol y el camino a sus compañeros.
Pavone recogió el guante y de media vuelta clavó el tercero, y cuando el reloj ya marcaba los 45 minutos reglamentarios, el payasito Luguercio decretó el triple milagro del gol, del triunfo y del festejo inagotable del pueblo pincha.
Si es el inicio de una nueva gesta, sólo el tiempo lo dirá. Mientras tanto, a mí y a tantos otros, este partido no me lo quita nadie. Y por razones obvias de la cronología personal, ya no como lector de las crónicas épicas del pasado sino felizmente como testigo.