El guardaparques de Villa Futalaufquen, viéndonos jóvenes, entusiastas y, por qué no, bastante ingenuos, nos propuso una travesía a pie hasta la boca del río Frey, en la margen sur del lago Kruger, distante uno o dos días de marcha de nuestro campamento.
Debíamos internarnos en la Reserva Natural del Parque Nacional Los Alerces, recorrer un sendero hasta llegar a un lugar llamado Playas Blancas, hacer noche allí sin encender fuego -ya que el fuego sería una señal de alarma para un puesto de vigilancia ubicado en la otra orilla del lago- y en la jornada siguiente llegar a un puesto de guardaparques abandonado en el nacimiento del río Frey. Podíamos quedarnos un día y luego debíamos regresar. Si demorábamos más de cinco días en volver, debían salir a buscarnos.
Por supuesto, aceptamos de inmediato. Armamos una única mochila con las bolsas de dormir, algunos víveres, utensilios de cocina, botiquín y algo de abrigo, y salimos una madrugada. Las primeras dos horas desde que dejamos atrás Puerto Limonao fueron de ensueño, bordeando el lago por un sendero en medio del bosque y una subida apenas pronunciada que nos alejaba de la orilla.
Poco a poco, el follaje comenzó a disminuir, los alerces fueron reemplazados por arbustos y el prado por pedregullo, y la pendiente dejó de ser amable. La mochila, que intercambiábamos con el ninja Lorefice y Patricio Morgan, en turnos de media hora, se tornó insoportable. Más tarde desapareció toda vegetación y con ella el sendero, indistinguible en el suelo rocoso de la montaña.
Pasó el mediodía y seguíamos subiendo, pero la cima no llegaba nunca y la duda de estar perdidos se iba tornando certeza. Hasta que llegamos a una pequeña meseta y tras ella, un fondo de montañas y lago nos reveló que ya no había seguir trepando. En cambio se asomaba una pendiente de vértigo, allá abajo, lejos, se divisaba el bosque, y más lejos, junto al lago, una costa blanca y brillante como aviso de jabón en polvo.
Parecía cerca, sin embargo tardamos un par de horas en completar el descenso, pese a que en muchos tramos íbamos corriendo. La playa estaba compuesta por diminutas piedritas blancas, donde nos tiramos exhaustos. Una semana antes habíamos caminado de un tirón 35 kilómetros cada cual con su mochila, y no habíamos terminado tan agotados. Creo que hubiéramos permanecido acostados en la playa varias horas, pero a los pocos minutos comenzaron a brotar de las piedritas enjambres de pequeñas arañas que se subían al cuerpo. No quisimos averiguar qué intenciones tenían, nos sacudimos como epilépticos y nos abocamos a buscar el sendero para partir al día siguiente.
El dedo meñique de mi pie derecho estaba más grande que el pulgar, debido a las ampollas, y creo que era el lugar del cuerpo que menos me dolía. Por suerte, la caminata final de la mañana siguiente fue por un sendero horizontal, y antes del mediodía ya habíamos llegado a destino. El lugar era sencillamente espectacular. El viejo refugio de guardaparques estaba en medio de un prado natural frente al río, y cruzando éste, una pared de piedra imponente devolvía el eco con una nitidez asombrosa.
Ese día fue casi todo descansar. Al tercer día amanecimos entre dos sentimientos: la admiración por el paisaje y la preocupación por la travesía de vuelta. Pensábamos que la subida del primer día no era nada comparada con la que nos esperaba -aquella que habíamos tardado dos horas en bajar. El dedo meñique de mi pie derecho parecía haber cobrado vida y latía con pulso propio. El del pie izquierdo no tenía mucho para envidiarle.
Hasta que llegó una lancha de pescadores y decidimos hacerle dedo. Supongo que nuestro aspecto de buenos muchachos ayudó a que aceptaran llevarnos de vuelta, aunque también puede haber contribuido la velada amenaza con denunciarlos por pescar con carnada en un sitio reservado para la pesca con mosca. A esa altura no estábamos para ahorrar ningún esfuerzo dialéctico ni de ningún tipo con tal de que nos llevaran.
Así que agregamos al paseo una excursión en lancha por el lago, supongo que los pescadores nunca vieron gente tan feliz como nosotros. Cuando empezaba a oscurecer entramos al campamento en medio de la admiración de los mochileros: “¡Hicieron en sólo tres días la travesía ida y vuelta al lago Kruger!”, fue el comentario general. “Es una caminata sencilla y un paisaje maravilloso, deberían hacerlo todos ustedes”, le dije a uno que tenía entre ojos. Nunca supe si me hizo caso, espero que haya llevado buen calzado.
Hoy, varios años después, me entero que el viejo refugio de guardaparques es una cotizada cabaña para pescadores que pagan en euros las horas de estadía, que el sendero ha sido señalizado, desmalezado y casi pavimentado, y que para el que no desea caminar hay lanchas que salen periódicamente de Villa Futalaufquen o Puerto Limonao. Y pienso si no habremos sido conejillos de indias para probar un nuevo uso turístico de un rincón no explotado del Parque, en esta modernidad donde lo agreste se vende en el mercado internacional. Y no está mal, después de todo. Las ampollas curaron rápido y si más gente puede conocer ese pequeño paraiso sin depredarlo, que así sea… ¡sólo que el turro del guardaparques bien podría habernos facilitado la llave de la cabaña entonces abandonada en lugar de obligarnos a dormir en el establo!