El presidente del club Gimnasia ha lanzado una bomba: está tratando de convencer al Diego para que trabaje en la institución que preside.
El gordo anda por estos días en Cartagena, tratando de aliviar alguno de sus pesares físicos y buscando, desde hace muchos años, un nuevo motivo para vivir del otro lado de la línea de cal.
La dimensión humanitaria del gesto que ha hecho el señor presidente de los triperos es encomiable, aunque dudo que haya tenido esa intención. Para quien no recorre las calles de La Plata, es difícil entender los avatares de un club que ha crecido con la ciudad.
Porque aunque no merezca mis simpatías futbolísticas, el Club Gimnasia y Esgrima de La Plata, es una institución señera que forma parte indisoluble de la historia y la vida de la ciudad, y que un grupo de improvisados de gruesa billetera se hayan hecho cargo de su destino, da pena. Hasta para un picharrata como quien esto escribe.
Personaje curioso, el señor Muñoz recuerda el triste paso por la presidencia de Racing Club de Avellaneda de un tal Lalín, dueños ambos de fortunas inciertas tanto por su volumen como por su origen, menemistas confesos -tal parece ser la marca de agua de estos ejemplares-, prometieron el oro y el moro a sus asociados, y si uno dejó en la ruina a su institución, el otro está haciendo todo lo posible para lograrlo.
Este señor arrancó patoteando a sus empleados en público, siguió con atropellos varios a sus deportistas -de fútbol y de basquet-, y termina intentando disimular la falta de estrellas deportivas, glorias y campeonatos -prometidas en su plataforma electoral- apelando al brillo de gambetas pasadas y nostalgia futbolera.
Y yo, que quisiera estar cargando a mis vecinos y amigos triperos, siento tanta pena que no tengo ánimos para burlarme del pesar ajeno.