Vacaciones de Infierno

Las vacaciones de invierno se han hecho para padecerlas. Es probable que ése sea un comentario de viejo choto, lo sé, creo recordar que cuando estaba en edad escolar esperaba esa tregua de dos semanas con la misma ansiedad que hoy espero el timbre de reinicio de clases.

¿Pero acaso alguien puede caminar por una cuadra medianamente céntrica sin que hordas de párvulos -mientras empujan, se tropiezan, nos hacen tropezar, gritan y se pelean- provoquen pensamientos criminales? ¿Queda algo por hacer en una ciudad mediana que no esté destinado con exclusividad al público infantil? Sí, claro, una película en el horario de las 23.00 hs, pero para poder verla hay que sentarse en una butaca pringosa de caramelos y pochoclos.
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Guerra de peluqueros

La visita mensual a la peluquería está comenzando a incomodarme.

No es por coquetería, aunque siempre me ha inquietado la visita al peluquero. Inevitablemente me veo ridículo en el espejo luego de atravesar las tijeras, y nunca he sabido qué contestar frente a la eterna pregunta “Las orejas… ¿tapadas o destapadas?”. Jamás puedo recordar qué contesté en la visita anterior y qué resultados obtuve, por cuestiones como ésa en alguna época suspendí la visita al peluquero y anduve con el pelo por la mitad de la espalda por varios años. Ya no es posible repetir esa receta: con la frente que tiende a despoblarse mi aspecto sería levemente patético.
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