El sustantivo trucha, como todos en el mundo hispanoparlante lo saben, es ese pez de agua dulce que transita lagos y ríos e inquieta los sueños de los pescadores de mosca. En el lunfardo rioplatense, desde tiempos inmemoriales, también alude a la cara, al rostro de las personas: en El raje, una milonga de Juan D’Arienzo y Héctor Varela con letra de Carlos Waiss, el poeta increpa a su amada:
Por lo menos hoy estás
con la trucha bien cuidada,
te empilchás bastante armada,
y regular lo demás.
Ignoro cómo llegó la trucha a ser cara, imagino que por eso de que los peces suelen ser puro ojos y no parecen mucho más que un rostro con cola. En cambio, la evolución que me interesa y de la que hace años escuché una explicación verosímil es la de la transformación de aquél pez o este rostro en el adjetivo trucho/a, que como todo buen rioplatense sabe se aplica a lo falso, y en particular, a las falsificaciones berretas y a las mentiras torpes.
Resulta que a fines de los sesenta y principios de los setenta, los grupos políticos de izquierda de este rincón del mundo, debido a la creciente beligerancia de sus propios cuadros y de un entorno aún más violento, comenzaron a desarrollar técnicas de protección y supervivencia: la segmentación en células de sus organizaciones para disminuir riesgos de infiltraciones, el establecimiento de canales de comunicación unidireccionales, la tabicación de la información, etc.
Hubo un momento en que este proceso evolucionó hacia la adopción de distintas formas de clandestinidad, y algunos dirigentes debieron procurarse identidades falsas. El método más usual consistía en cambiar la fotografía de un Documento de Identidad legítimo: en la jerga se decía que se le cambiaba la trucha.
El resto es casi obvio: de “cambiale la trucha al DNI” a “truchá este DNI” y finalmente, a “este DNI es trucho”, para luego despegar del mero DNI y aplicarlo a toda falsificación más o menos burda. Como esta etimología casera, por ejemplo.