Borges recorrió intensamente tres o cuatro tópicos a lo largo de su literatura: uno que le fascinaba de manera particular era el de la memoria: la capacidad de recordar o la cualidad que hiciera olvidables o inolvidables a los objetos o a los acontecimientos.
El Zahir, un cuento fantástico publicado en 1949 (en el libro El Aleph), da cuenta de un objeto inolvidable: quien lo percibiera no podría dejar de pensar en él. Las consecuencias de tomar contacto con el Zahir serían devastadoras, el universo desaparecería de la mente y de los sentidos de quien lo viera, aunque fuera fugazmente.
Borges desconfiaba de lo inolvidable, así como de la memoria perfecta. En Funes el memorioso (Ficciones, 1944), el protagonista era un hombre de esas cualidades. Funes recordaba todo, con prodigiosa exactitud, y así, tan vivaz como su recuerdo eran sus percepciones.
Sin embargo, Funes no era un hombre de muchas luces. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”, Borges le hace decir al Borges del cuento, y Funes es incapaz de ello. Su propia cara vista en el espejo cada día es tan distinta de la que ha visto el día anterior y de la que recuerda cada ínfimo detalle, que a Funes le cuesta entender que se trate del mismo rostro.
Recordar un día completo le llevaba a Funes exactamente otro día completo de tiempo.
Dicho en términos de otra metáfora que agradaba a Borges: ¿tiene sentido un mapa de China tan grande como China?
Hay quienes no reparan en estas cuestiones previstas hace tanto tiempo, y quieren usar la tecnología para ser Funes. Así, un ignoto Gordon Bell está ocupado en registrar cada instante de su existencia en una base de datos para evitar (¿la tragedia? ¿la bendición?) del olvido.
Un archivo de valor documental improbable para nadie que no sea el mismo Gordon Bell y sus allegados, en el que se registrarán también sus fracasos y decepciones en bits quizás más persistentes que la memoria.
Gordon Bell, al igual que Ireneo Funes, necesitará 24 horas para recordar un día completo, tendrá un mapa de la China del mismo tamaño de China. ¿Habrá pensado Gordon Bell que en su caja de recuerdos tendrá el mismo valor el primer beso que ponerse, cada día, los zapatos?